
El se agarró a todos los motivos, a todas las razones, cual suicida arrepentido a punto de disparar, y le dijo que la dejaba.
Añadió a semejante noticia, que lo hacía por ella. Tocó además el palo de la moral y el honor, como invitados de primera al funeral de su amor. Antes de decir la última palabra, y dado que la razón le había helado hasta la sangre soltó una retaila de palabras gélidas que daban a entender que le querría por siempre, ésto antes de que la sangre le cayera como lágrimas por la comisura de sus labios, por todo lo que aun así no debía decir y por no poder besar los de ella.
Quedaron todos a la espera de la respuesta de ella, que no pudo ser otra que la desesperación que conlleva la impotencia, la súplicante voz de una mujer malherida, y un disfraz de doble uso: el orgullo.
Si, se volvió orgullosa para disimular el dolor incluso ante si misma. Su mirada envolvía cualquier signo de debilidad en el arrobo de su propia soberbia.
Lo peor es que antes era una mujer encantadora, y él la dejó. No sólo sola, si no estropeada...
No hay comentarios:
Publicar un comentario